30SEP
Espejito, espejitopor: Irma Teresa Murillo Salas 30/09/2008


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En mi secundaria, las chicas más bellas pertenecían a un club llamado “Las Escocesas” (The Kilties). Usaban faldas estilo escocés y tenis blancos, se paraban en los partidos de fútbol y baloncesto zigzagueando sus pompones verdes con amarillo cuando el equipo anotaba. Nuestro salón también tenía porristas, pero saltaban de arriba a bajo, por eso siempre estaban sudorosas. “Las Escocesas” levantaban ambas piernas al estilo cohete por algunos unos minutos en cada juego, pero su verdadero trabajo era verse altas, delgadas y hermosas. Como si la belleza pudiera ganar el partido y hacernos el día. Se nota que estoy un poco resentida con estas chicas. Está bien, admito que las envidiaba y las despreciaba. Y como decía mi amiga Ana, seguramente Dios también. Pero tengo que confesar que a pesar de que la estatura y la delgadez no están incluidas en mi definición de belleza o de perfección, creo que la imagen sí puede hacernos el día.
Un sabio profesor dijo una vez que nosotros nos rendimos al poder a regañadientes; pero a la belleza, gustosamente. Piensa en la última vez que la belleza detuvo tu camino: un cielo lleno de estrellas, un brillante atardecer o la sonrisa sin dientes de tu hijo. Date cuenta de cómo las cosas que creemos hermosas nos mueven más allá de nuestra forma común de ser. Ese atractivo hace que las preocupaciones de la vida diaria se acomoden en el lugar adecuado y que recordemos lo que es verdaderamente importante. El que nuestros muslos sean más grandes de lo que deseamos o que nuestros calcetines favoritos sean el desayuno de nuestro perro o que no nos hayan dado ese aumento de sueldo que estábamos esperando, se reduce a lo que realmente es: preocupaciones pasajeras.
La hermosura relaja, impacta y reconforta. Pero no estoy hablando de la “belleza” de las estrellas de cine con enormes ojos, cabello impecable, una boca grande y súper sexy, sin mencionar a las de altos y esbeltos cuerpos. Cuando ésa es tu definición de belleza, comienzas a pensar que para ser linda necesitas verte como otra persona. Así que te pones a dieta, para entrar en ropa demasiado pequeña y te sientes mal con tus imperfecciones.
Halle Berry, a quien se le ha considerado una de las mujeres mas hermosas del mundo, dijo una vez: “¿bella?, déjame decirte algo, ser calificada así no me ha evitado los problemas de la vida. El amor ha sido difícil. Fundamentalmente ser atractiva no tiene ningún sentido, y siempre es transitorio”.
Cuando definimos belleza como lo que nuestra cultura considera físicamente atractivo y tratamos de encajar ese ideal, no sólo nos sentimos miserables por tratar de alcanzar una meta evasiva, si no que confundimos el punto.
Al hablar de hermosura no se trata de que definamos lo que para otros es bello. Es hablar acerca de los sentimientos palpables, de la sorpresa y felicidad cuando ves algo primoroso, ya sea un cielo estrellado o un acto de bondad.
De pronto todo parece más radiante, vivo. Eso es la verdadera belleza. Es gratis y está disponible cada segundo, a nuestro alrededor. Pero para verlo en cualquier parte, debemos estar dispuestos a dejar de pensar que el encanto existe sólo en ciertos lugares y no en otros. Pero sobre todo, es necesario que estemos dispuestas a apreciar la belleza en nosotras mismas. Durante un retiro de fin de semana que organicé, les pedí a mis estudiantes que se pararan frente a un espejo y dijeran lo que veían. En un taller, una de las asistentes llamada Alicia, se ofreció a ser la primera. Se paró frente al espejo, y se quedó parada con cara de terror. “Dime lo que ves”, le dije “Veo unos muslos del tamaño de una pelota de playa,” dijo. “Veo unos ojos muy pequeños y un cabello de estropajo. Un cuerpo flácido que necesita ejercicio y una cara a la que le urge una cirugía”. “Ay”, exclamé. “Es penoso sólo escucharte; todo lo que me has dado es una lista de cosas malas”. Asintió con la cabeza. “Pero eso es lo que veo cuando me para frente al espejo. Generalmente estoy tan a disgusto con mi cuerpo que evito verme, incluso después de bañar”.Un murmullo pudo escucharse por toda la habitación. “Me dices lo que miras a través de velos y velos de desaprobación”, comenté. “Todo lo que ves está basado en el juicio de lo que piensas que debería de ser y de cómo debería de verse un cuerpo ideal”. “Inténtalo de nuevo. Pero esta vez mira con los ojos en el centro de tu pecho, en tu corazón. Dime acerca de este cuerpo y su belleza particular”. “Está bien, lo intentaré.” Tomó aire y continuó. “Me gustan mis ojos, tienen reflejos dorados y linda forma. Han visto crecer a mis hermosos hijos y han visto el mar turquesa del Caribe. Han sido buenos conmigo”. “Buen comienzo”, señalé. “Ahora dime más acerca de tus ojos. Mírate a ti misma como si estuvieras viendo una pieza de arte y dime lo que ves.” “Puedo ver –oh, ¡vaya!, es como si notara detrás de mis ojos algo que es difícil de poner en palabras, algo verdaderamente grande. Alcanzo a distinguir sabiduría en mi mirada. Realmente veo a la niña que una vez fui. Percibo alegría. Puedo ver belleza y posibilidades”. Alicia me miró y dijo. “Geneen, ¿me estás hipnotizando?”.
La habitación se llenó de risas. “Es increíble, ¿no?, que en el minuto que comenzamos a ver belleza en nuestro propio rostro y en nuestra vida, pensamos que nos están hipnotizando. Estamos tan acostumbrados a juzgarnos que cuando ya no nos sentimos menos, pensamos que alguien nos está jugando una broma”.
Después de Alicia, los demás se pararon frente al espejo sin temor, deseando ver lo que esperaban sin juzgarse. Y uno tras otro al estar frente al espejo después de recitarse lo que usualmente se dicen a sí mismos (ay, ay, ay), fueron capaces de observarse con el corazón y de sorprenderse con la gracia que tenían frente a sus ojos.
Imagina cómo cambiarían tus días si supieras que a cualquier lugar que vayas hay esplendor. Que un día difícil puede brillar con la simple sonrisa de un extraño que te brinda al pasar por la calle. Imagina que, al observarte en el espejo, ves lo que es bello en lugar de lo que no te gusta. De esa manera, dejarás de mirar una colección de imperfecciones, que te impide ser tú realmente. No necesitarías de la comida para calmarte porque ya tienes el consuelo que necesitas. Estaría allí mismo, mirando desde el espejo. ¿No dirías que es la belleza la que te hace el día? Yo sí.