ALGO PA’ REMEMBREAR
Mayo 23, 2008
Gabriela Ríos me escribe desde Estados Unidos para preguntarme si debería permitir que sus hijos hablen mitad en inglés y mitad en español o si debería exhortarlos a emplear, de manera exclusiva -escrito ahora sin dedazo, por el que, por cierto, me disculpo-, uno u otro idioma. En el camino cuestiona, además, la existencia del espanglish, aduciendo que, desde su punto de vista “no existe tal, ni Real Academia del Espanglish”. Yo, entusiasmado por la posibilidad de abordar en este espacio un tema que me resulta fascinante, le respondo con gusto.
Primero, querida Gabriela, las malas noticias: el espanglish existe. Y es que, para existir, una lengua no necesita de una institución que la valide sino sencillamente de hablantes, y el espanglish tiene muchos (entre los que, por lo visto, se cuentan tus hijos). De hecho, el fenómeno de una academia central de la lengua y tantas academias locales como países hablantes tenga ésta -que es el caso del español, con la Real Academia y sus asociadas locales- no aplica para todos los idiomas. Cierto: el francés, el alemán y el árabe, entre muchas otras lenguas importantes, responden a este modelo. Pero igualmente cierto es que otras, como el inglés y el japonés, carecen de instancia reguladora oficial.
El espanglish es, sobre todo, una expresión bicultural: la que resulta de la migración mexicana en particular y latinoamericana en general hacia Estados Unidos y de la interacción cotidiana que muchas personas tienen con ambas lenguas a partir de tal fenómeno social. Surgió, pues, en la calle pero no se ha quedado ahí: hoy tiene sus propias reglas más o menos empíricas, su propia literatura e incluso a su propio apologista, el académico y escritor Ilán Stavans, un mexicano de origen judío residente en Estados Unidos que ha estudiado a profundidad tal fenómeno lingüístico y lo explica a partir de un proceso muy similar al que diera origen al yiddish, lengua surgida entre las comunidades judías europeas a partir del encuentro entre el hebreo y el alemán. (Y tan respetada hoy, por cierto, que incluso habría de resultar en un Premio Nobel de la Literatura: el otorgado al escritor Isaac Bashevis Singer, que escribe en tal idioma.)
De las malas noticias, sin embargo, paso a las buenas: creo que Gabriela tiene razón en un punto. Y es que el espanglish se antoja, ante todo, una especie de juego, resultado de la combinación lúdica de formas y palabras de los dos idiomas que le dan origen. Para jugarlo, sin embargo, bueno sería dominar sus elementos -es decir el español y el inglés, hermosas lenguas ambas- a la perfección. Así, a mi juicio, el escenario idóneo para un estadounidense de origen mexicano sería la triculturalidad: conocer bien sus raíces, conocer bien su entorno y, a partir de ello, participar del sincretismo derivado de su posición acaso privilegiada. Dicho de otro modo, mi consejo a los hijos de Gabriela sería ponerse a leer a Cervantes y a Shakespeare, a Lorca y a Whitman, a Pound y a Paz. Y luego, ya maestros de ambas lenguas y ambas culturas, divertirse con la a todas luces deliciosa traducción al espanglish del primer capítulo del Quijote que hiciera Stavans, disponible en http://www.cuadernoscervantes.com/art_40_quixote.html
Hasta you later.






