
Escribo esto en lunes y, sin embargo, me siento endomingado, es decir vestido con ropas de fiesta. Quien me imagine sentado ante la computadora con traje de lino y sombrero panamá se equivocará: visto en este momento un suéter, una camisa, jeans; mi lujo, entonces, ha de ser hoy otro: el del vocabulario, guardarropa amplísimo, variado y rico, a mi eterna disposición. En mi armario verbal cuelgan muchas palabras. Unas fungen como camisas o pantalones: son los verbos, sin los cuales cualquier frase va desnuda. Otras hacen las veces de cinturones, mancuernas o agujetas: son las conjunciones y los artículos, que permiten que el atuendo verbal no se desplome. Otras más -los sustantivos- permiten construir el sujeto: un traje tiene una cierta identidad, un esmoquin otra, unos shorts otra más. Y quedan los adjetivos, que son como las corbatas, las bufandas o los calcetines: una nota de color, una posibilidad de diversión, acaso una frivolidad.
Algunos escritores conciben el vocabulario como un guardarropa sencillo, funcional: si la antropomorfizáramos, la prosa de Hemingway vestiría guayabera y pantalón de drill. Otros, provocadores y subversivos, escriben con lo que en el ámbito vestimentario serían combinaciones “de caja fuerte” o provocaciones punk: a esa categoría pertenece, por ejemplo, James Joyce. Y otros más, como Marcel Proust, van de dandys cuando escriben: seleccionan los términos más sedosos, las combinaciones más osadas, el efecto más deslumbrante (cuando menos a su juicio y al de sus lectores devotos). Independientemente de nuestro talante, todos quienes nos dedicamos a escribir (por excelsos o mediocres que seamos) compartimos algo: nos hacemos de un estilo a partir del guardarropa verbal de que disponemos.
Soy un bicho raro que trabaja con palabras en dos ámbitos: el oral (en la televisión y radio) y el escrito (en mis empeños literarios y/o periodísticos). En el primero, mi intención es divulgar y, por tanto, me esfuerzo en ser lo más claro posible pues mi meta es una comunicación sencilla y eficaz; en el segundo, lo que busco es construir algo -un texto- que no responda a más imperativo que los suyos propios y que acuse una visión del mundo y del lenguaje, así como un estilo, que son los míos. Dicho de otro modo, la escritura es para mí una fiesta -mi fiesta- a la que invito entusiasta a quien quiera sumarse. pero que, como es comprensible, no resultará del gusto de todos (no, por ejemplo, del de Bethsy, quien sin duda preferirá otras fiestas de otros anfitriones con otros atavíos… y bien está que así sea). Mucho me halagaría que quienes vengan a mi fiesta (mi texto) la disfruten y celebren mi gusto (mi estilo) y mis afeites (mi vocabulario)… pero más me importa disfrutarla yo y que me gusten a mí; de lo contrario no podría siquiera verme al espejo.
Terminada la fiesta, paso al trabajo pendiente:
Para Manuel Porras: Todo reproductor multiregión lee DVDs Región 2 (cuando menos los dos que he poseído, un Marantz y un Denon, lo hacen sin problema).
Para Jossy: el libro es Por vivir en quinto patio, de Sealtiel Alatriste, y está editado por Alfaguara.