El “Poyo” con Y comparte sensaciones, momentos especiales antes, durante y en el instante en el que sucede el accidente de Javier.
POLVO CORTANDO LA TARDE. Son las tres de la tarde en punto. La camioneta avanza silenciosa sobre un asfalto quemante. Llevábamos un par de horas platicando, pero hace unos minutos hemos dejado que la música y el bajo siseo del motor de la Paloma hablen por nosotros.Han pasado ya muchos días. Dejamos San Luis para internarnos en Veracruz, por eso el calor ha pasado de ser un viento seco cargado de polvo, a una temperatura de canícula, húmeda, que hace que la ropa se nos pegue al cuerpo y sintamos como una bendición las fragancias que despide el mar, y agradezcamos el viento que chicotea los árboles con autoridad de capitán. Entonces le recuerdo a Javier que son las tres de la tarde, que debe tomar su medicina, una de varias. Me lo agradece con la cortesía que da el cariño, y con un gesto adusto toma el comprimido, un sorbo de agua, y deja vagar la mirada por la ventana, donde las palmeras pasan como en un caleidoscopio, y las olas mansas del golfo muerden la línea de la costa con apetito de playa y batiscafo. Y yo puedo imaginar lo que Javier está pensando.Se mira a sí mismo sobre la Golondrina, en Real de Catorce, un día cualquiera del recorrido; un día que no debería ser ni memorable ni feliz. Sólo uno más. Uno entre todos.Recuerda que, por el calor y la prisa prusiana que siempre traemos, no se pone sus guantes, ni su pantalón de motociclista. Y será un error. No sabe lo que le espera. Ninguno lo sabemos. Quizá su mente va un poco más hacia atrás. Al momento de despertar, al instante en el que de alguna manera iniciaron una serie de acontecimientos aislados, inconexos, inmemorables todos, pero que terminaron en el accidente. Concatenación, lo llamó Borges. Mala suerte lo llamaremos nosotros. Quizá si hubiéramos salido un minuto antes. O uno después.Quizá si el túnel Ogarrio no hubiera estado transitado en ese momento.Quizá si el mundo no hubiera conspirado contra él en ese instante.Entonces avanza. Siempre precavido, a la derecha de Jaime, delante de nosotros.Vamos disfrutando el epílogo de Real de Catorce. La lenta terracería pasa ante nuestros ojos dándonos la oportunidad de recordar lo increíblemente agradables que fueron nuestros días en ese imposible pueblo.Las motocicletas van lento. Nadie piensa que algo esté por ocurrir.Un pájaro gris aletea al fondo de la montaña. Varios pedruscos ruedan ante el paso firme de la Colorada y de la Golondrina.La Diabla, la camioneta roja, avanza detrás, a unos cien metros. La Paloma va atrás. El calor se desprende de la tierra.Javier y Jaime ruedan sobre el camino casi blanco y la toma es fascinante. Tal vez la temperatura ha subido un par de grados. Entonces ocurre. Voces alteradas. Los radios crepitando como relámpagos de desgracia. Las camionetas y las patrullas acelerando. El aire detenido sobre largos dedos de pánico.Llegamos.Jaime ya está ahí. Nos tranquiliza. Con cortés autoridad. Pero no se ve bien, nada, nada bien.Javier yace tranquilo sobre el camino, casi apacible. Como si de pronto hubiera decidido dejar la motocicleta y echarse boca arriba para contemplar el cielo, para encontrarle formas exactas a las nubes, o simplemente para descansar.Entonces miramos a la Golondrina, pájaro herido, caballo derribado. Las llantas giran todavía. El movimiento es hipnótico, siniestro. La motocicleta se queja incluso más que Javier, hasta que alguien (no distingo quién) la apaga. Las llantas se detienen, lentamente, como la ruleta y su promesa de fortuna o de derrota, como no queriendo, como si la Golondrina no quisiera apagarse hasta estar segura de que Javier está bien.Pero no lo está. Hoy son las tres y cuarto de la tarde. El mar a nuestra izquierda es un espejo que se mueve. Javier está de buen humor, como siempre. Casi nos hemos acostumbrado a verlo así, con el brazo inmovilizado.La clavícula está soldando. El corazón ya está. Nos internamos por una terracería cerca de Tamiahua, y es imposible no pensar en la de Real de Catorce. Las llantas girando, el calor… Pero la mirada de Javier no va a la ventana. Ahora va al frente, platicando animado, sonriente. Y el polvo corta la tarde aboliendo así los malos presagios y peores recuerdos.